Rejuvenecer la empresa madura: el modelo Crescendo

La última semana de enero de 2023, Tufan Erginbilgiç llevaba veintitantos días como consejero delegado de Rolls-Royce. En su primera comparecencia ante los directivos de la compañía no habló de continuidad ni de legado. Dijo que trabajaban sobre una plataforma en llamas y que aquella era la última oportunidad de la empresa.

Rolls-Royce no estaba en concurso de acreedores. Tenía cartera de pedidos, motores volando en medio mundo, una marca centenaria y un negocio de posventa que muchos competidores envidiarían. Lo que tenía era un margen operativo del cinco por ciento en un sector donde eso significa estar trabajando gratis, deuda calificada como bono basura desde 2020 y una acción que cotizaba por debajo de una libra. Dos ejercicios después, el beneficio operativo subyacente había pasado de 652 a 2.500 millones de libras: la meta que la propia compañía se había fijado para 2027, alcanzada en 2024.

Nada de lo que hizo Erginbilgiç es original. El guion estaba escrito en 1992, en un libro que casi nadie cita en las presentaciones de transformación: Rejuvenating the Mature Business, de Charles Baden-Fuller y John M. Stopford. Su tesis es más incómoda de lo que parece: cuando una empresa madura entra en declive, lo que ha madurado casi nunca es el mercado. Lo que ha madurado es la manera en que esa organización piensa, mide y decide.

Las empresas no pierden competitividad porque sus mercados maduren. La pierden cuando sus organizaciones dejan de aprender.

El modelo Crescendo de Baden-Fuller y Stopford describe el rejuvenecimiento como una escalera de capacidades, no como un programa de recortes.

El razonamiento convencional sobre sectores maduros es tan conocido que ya casi nadie lo cuestiona: poco crecimiento, exceso de capacidad, competencia en precio, márgenes que se estrechan y, por tanto, gestionar costes y caja hasta que aparezca otra cosa. Es una cadena lógica impecable. Y es, en la mayoría de los casos, una profecía autocumplida.

Baden-Fuller y Stopford la rompen por el eslabón más débil. La rentabilidad media de un sector no determina la rentabilidad de ninguna empresa concreta de ese sector. Dentro de industrias que todo el mundo daba por agotadas encontraron compañías extraordinariamente rentables, no porque hubieran encontrado un nicho mágico, sino porque habían dejado de competir según las reglas que el resto asumía como leyes de la naturaleza.

Esto no se quedó en intuición de autor. Casi al mismo tiempo, una línea de investigación paralela midió exactamente esa pregunta: ¿cuánto del resultado de una empresa se explica por el sector en el que compite y cuánto por lo que hace ella misma?

Richard Rumelt, en su célebre trabajo de 1991 How Much Does Industry Matter?, atribuyó al efecto sector algo menos del 10 % de la varianza en rentabilidad y a la unidad de negocio en torno al 45 %. Anita McGahan y Michael Porter, con una muestra más amplia en 1997, elevaron el efecto sector hasta cerca del 19 %, pero mantuvieron el efecto empresa muy por encima. La discusión académica sigue viva, pero la dirección del resultado no: importa entre tres y cinco veces más lo que usted hace que el sector en el que lo hace.

Traducido a una sala de comité: cuando alguien justifica un margen mediocre diciendo «es que este sector es así», está describiendo la media de un conjunto en el que la dispersión es enorme. Y está eligiendo, sin decirlo, en qué lado de esa dispersión quiere quedarse.

La aportación más práctica del libro es una distinción que se confunde sistemáticamente en los comités de dirección. Un turnaround y un rejuvenecimiento no son la misma cosa con distinta intensidad. Son dos operaciones distintas, con objetivos distintos, y una no lleva a la otra por acumulación.

DimensiónSaneamiento (turnaround)Rejuvenecimiento
ObjetivoDejar de perder dinero y estabilizar la cajaVolver a crecer compitiendo de otra manera
PalancasRecorte de costes, plantilla, cierre de líneas, venta de activosCapacidades, procesos, comportamientos, modelo de negocio
HorizonteTrimestresAños, en escalones acumulativos
Estructura del cambioVertical, centralizada, con frecuencia coercitivaTransversal, descentralizada, basada en equipos
Relación con el sectorEncoger para caber en las reglas existentesCambiar las reglas que hacen mediocre al sector
Resultado si se hace soloRentabilidad contable efímera; la causa raíz sigue ahíVentaja difícil de replicar, pero exige haber saneado antes

La confusión es cara. Un equipo directivo que ejecuta un saneamiento correcto y cree haber rejuvenecido la empresa vuelve a estar en la misma situación en cuanto se agota el efecto del recorte, con menos margen de maniobra y una organización más cansada. El saneamiento compra tiempo. Es imprescindible cuando la caja apremia. Pero comprar tiempo no es lo mismo que usarlo.

El concepto central del libro no es una estrategia, es un diagnóstico organizativo: la transición de la organización estática a la organización que aprende. Stopford lo llamó, con una imagen médica que sigue siendo la mejor descripción disponible, esclerosis organizativa.

En las empresas que estudiaron encontraron siempre el mismo cuadro clínico: funciones que apenas se hablan, cada departamento optimizando su parcela, procedimientos que nadie recuerda haber decidido, información generada según la estructura existente, directivos que interpretan cualquier problema nuevo con los mismos modelos mentales de hace quince años, e intereses internos que bloquean el cambio sin necesidad de oponerse a él abiertamente.

De ahí sale la idea más contemporánea del libro, la que explica por qué fracasan tantos programas de transformación: una organización diseñada alrededor de unos productos, unos departamentos, unos presupuestos y unos indicadores antiguos acaba buscando exactamente la información que confirma ese modelo. No por mala fe. Porque es la única que sus sistemas están construidos para producir.

El resultado es una paradoja que cualquiera reconoce: una compañía enormemente sofisticada puede saber muchísimo sobre su operación y muy poco sobre su negocio. Sabe el coste por unidad producida con tres decimales y no sabe por qué la mitad de sus clientes no repite.

El caso más literal de esto lo veremos más adelante con Fender. Durante décadas, uno de los fabricantes de guitarras más importantes del mundo no supo quién compraba sus guitarras, porque vendía a través de distribuidores y su sistema de información estaba construido para medir sell-in, no clientes. Toda su estrategia de producto se apoyaba en un cliente imaginario que sus datos jamás habrían podido desmentir.

La diferencia no está en el sector ni en el talento individual, sino en la arquitectura: qué información circula, entre quiénes y con qué consecuencias.
DimensiónOrganización estáticaOrganización que aprende
Modelos mentalesLas reglas del sector son fijas; los márgenes tienen un techo dadoLas reglas son convenciones; el techo es una hipótesis a comprobar
EstructuraPirámide con muchas capas; la decisión sube y bajaPlana, con decisión cerca del punto donde ocurre el problema
SilosCada área optimiza su parcela; la optimización local destruye valor globalEquipos responsables de un flujo de valor completo
Sistemas de informaciónRetrospectivos y de control; filtran lo que no encajaExploratorios; diseñados para capturar la señal débil
IncentivosPenalizan el fallo, y por tanto penalizan intentarloPremian el riesgo acotado y el aprendizaje documentado
Lectura del entornoMétricas agregadas del pasado financieroContacto directo y continuo con el cliente real

Si su cuadro de mando nunca le ha dado una sorpresa desagradable, no es que su empresa vaya bien. Es que su cuadro de mando está construido para no dársela.

El libro no propone un plan estratégico. Propone una secuencia, y la llama Crescendo, porque describe una progresión que empieza en volumen moderado y va ganando intensidad, inversión y alcance a medida que la organización demuestra que puede sostenerlos.

Es lo contrario del modelo clásico de Kurt Lewin —descongelar, cambiar, volver a congelar— y también lo contrario del gran programa corporativo de tres años que se anuncia entero el primer día. La transformación no se lanza: se afina sobre la marcha.

  1. Galvanizar. Romper la complacencia y construir un equipo directivo alineado alrededor de un problema, no de una solución.
  2. Simplificar. Reducir deliberadamente el terreno de juego para liberar recursos, atención directiva y capacidad real de cambio.
  3. Construir. Desarrollar capacidades nuevas —conocimiento, procesos, equipos, tecnología— mediante experimentos pequeños que generan evidencia.
  4. Apalancar. Volver a ampliar el negocio, ahora sobre capacidades que antes no existían. Los autores lo llaman re-complicación.
El error más frecuente no es equivocarse de fase, sino empezar por la tercera. Casi todos los programas de innovación y de IA son iniciativas de «construir» lanzadas sobre organizaciones que no han galvanizado ni simplificado.

La representación táctica del Crescendo es lo que los autores llaman strategic staircase: una escalera de capacidades donde cada peldaño hace posible el siguiente. Una empresa esclerótica no puede saltar directamente desde la ineficiencia operativa hasta la diferenciación sofisticada, por mucho presupuesto que le eche.

El primer peldaño casi siempre es aburrido: que el proceso no falle, que el plazo se cumpla, que el dato sea el mismo en dos informes. Sólo cuando esa fiabilidad está arraigada aparecen los recursos y —esto es lo que se olvida— la legitimidad interna para intentar el peldaño siguiente.

El resto del artículo recorre las cuatro fases con casos posteriores al libro. Deliberadamente, ninguno de ellos es Kodak, Blockbuster, Nokia ni Lego. Esos cuatro se han contado tantas veces que ya no enseñan nada: se han convertido en fábulas morales con moraleja incorporada.

Galvanizar no significa asustar. Significa conseguir que un equipo directivo comparta un mismo diagnóstico antes de que los números obliguen a compartirlo. Y ahí hay un matiz que casi todo el mundo pasa por alto: el consejero delegado no plantea una solución, plantea un problema.

No «esta es exactamente la estrategia que vamos a seguir», sino «este es el problema que tenemos que resolver y no sabemos todavía cómo». La diferencia parece retórica y no lo es en absoluto: la primera frase convierte al comité en ejecutor, la segunda lo convierte en investigador. Sólo la segunda produce aprendizaje.

Situación. Al cerrar 2022, Rolls-Royce ganaba 652 millones de libras de beneficio operativo subyacente sobre una cifra de negocio en el entorno de los 13.000 millones. Un margen de alrededor del 5 % en una industria de barreras de entrada altísimas, ciclos de treinta años y clientes cautivos. La deuda había perdido el grado de inversión en 2020 y la acción se movía por debajo de una libra. No había una crisis: había una mediocridad estructural que la compañía llevaba años explicando con argumentos razonables.

Acción. Erginbilgiç, que venía de BP y no del sector aeroespacial, hizo primero el trabajo de percepción. La frase de la plataforma en llamas no fue un exabrupto: fue la construcción deliberada de un problema compartido en una organización que se creía sana. Después vino lo demás, en este orden:

  1. Renovación del equipo directivo y responsabilidad explícita sobre cuenta de resultados por división, no por función.
  2. Revisión de los contratos de mantenimiento a largo plazo del negocio civil, que durante años se habían firmado a precios que no cubrían el coste real del ciclo de vida. Aquí no había innovación tecnológica: había disciplina comercial que nadie había ejercido.
  3. Reducción de en torno a 2.000-2.500 puestos en funciones corporativas, anunciada a finales de 2023: el componente de saneamiento, necesario y explícitamente limitado.
  4. Un día del inversor en noviembre de 2023 con objetivos numéricos públicos para 2027, incluido un beneficio operativo de 2.500 a 2.800 millones. Poner una cifra pública y una fecha es, en sí mismo, un mecanismo de galvanización: convierte una aspiración en una deuda con terceros.

Resultado. 1.600 millones de beneficio operativo subyacente en 2023. 2.500 millones en 2024, con un flujo de caja libre en el entorno de los 2.400 millones. Recuperación del grado de inversión durante 2024 y vuelta al dividendo con los resultados de aquel ejercicio, el primero desde 2019. La acción se multiplicó por más de cinco entre principios de 2023 y principios de 2025.

La compañía alcanzó en 2024 el objetivo que se había marcado públicamente para 2027. El punto de partida de todo el proceso no fue una decisión estratégica: fue un cambio en lo que la organización consideraba aceptable.

Lo transferible. Rolls-Royce no encontró un mercado nuevo. Vendió los mismos motores a los mismos clientes. Lo que cambió fue que dejó de aceptar como inevitables unos precios, unos costes y unos plazos que su propio sector había normalizado. Eso es exactamente lo que Baden-Fuller y Stopford llaman romper la receta de la industria.

El caso más difícil de todos es el de la empresa que gana dinero. En los años noventa, los copresidentes de Novotel lanzaron un programa interno llamado Back to the Future en pleno récord de beneficios. Su argumento fue que las cifras agregadas estaban enmascarando un deterioro sostenido en la calidad percibida por el huésped, compensado a base de subidas de tarifa. Tenían razón, y actuaron dos o tres años antes de que aquello llegara a la cuenta de resultados.

Esa es la versión difícil de la fase 1, y es la única que sale barata. Galvanizar con la caja quemándose es fácil de justificar y carísimo de ejecutar. Galvanizar con beneficios récord es políticamente durísimo y es donde está todo el valor.

Toda transformación tiene un coste. La diferencia entre las baratas y las ruinosas es cuántos trimestres antes de la evidencia decidió alguien empezar.

  • Traiga un dato que su sistema no produce. Entrevistas a clientes perdidos, un estudio de precios reales de la competencia, el margen verdadero por cliente incluyendo coste de servir. Casi siempre hay una cifra que rompe una creencia.
  • Escriba el problema en una frase y haga que cada miembro del comité la escriba también, por separado. Si salen seis frases distintas, no tiene un equipo directivo: tiene seis directivos.
  • Prohíba la palabra «solución» durante las tres primeras semanas. El reflejo de saltar a la respuesta es lo que impide entender la pregunta.
  • Comprométase públicamente con una cifra y una fecha. Ante el consejo, ante el banco, ante la plantilla. La irreversibilidad es un mecanismo de gestión.

Es probablemente la fase más importante y la que más se salta. Cuando una organización se galvaniza, el impulso natural es lanzar cosas: proyectos, comités, iniciativas, un programa de innovación, una oficina de transformación. Y una organización esclerótica no tiene la estabilidad de procesos ni la holgura de atención directiva para gestionar esa cartera.

Los autores lo formulan con una frase que debería colgarse en las salas de comité: si todo es estratégico, nada es estratégico. La rejuvenación empieza reduciendo el competitive battleground. ¿Dónde vamos a jugar de verdad? Y después, concentrar allí los recursos.

Conviene subrayar el punto que casi todo el mundo malinterpreta: simplificar no es el objetivo, es la manera de crear capacidad para cambiar. Quien confunde la fase 2 con el destino termina con una empresa más pequeña, más barata y exactamente igual de incapaz.

Situación. En 2012, DONG Energy era la eléctrica estatal danesa: carbón, gas, petróleo y una intensidad de emisiones entre las más altas de Europa. El hundimiento del precio del gas al contado, con contratos de compra a largo plazo indexados al petróleo, destrozó la cuenta de resultados. La compañía cerró el ejercicio con pérdidas del orden de 4.000 millones de coronas y con las agencias de calificación amenazando con una rebaja. Henrik Poulsen llegó a la dirección general en agosto de ese año.

Acción. Lo interesante del caso es el orden, no la ambición.

  1. Elegir un único terreno de juego. De un conglomerado energético con negocios en toda la cadena, la compañía decidió que su ventaja real —la única que nadie más tenía— era la ejecución de parques eólicos marinos. Todo lo demás pasó a ser candidato a desinversión.
  2. Desinvertir de verdad. Alrededor de una veintena de negocios y participaciones salieron del perímetro en pocos años. No una reorganización: una reducción del alcance.
  3. Financiar la travesía. Una ampliación de capital de 11.000 millones de coronas liderada por Goldman Sachs junto a fondos de pensiones daneses, cerrada a comienzos de 2014. Fue tan impopular que provocó una crisis de gobierno en Dinamarca, con la salida de un socio de la coalición. Simplificar cuesta capital político, literalmente.
  4. Salir a bolsa en 2016 y, en 2017, vender el negocio de exploración y producción de petróleo y gas a INEOS por unos 1.050 millones de dólares. Ese mismo año la compañía cambió de nombre: dejó de llamarse Danish Oil and Natural Gas y pasó a llamarse Ørsted.

Resultado. La mezcla energética se invirtió por completo: de aproximadamente un 85 % de generación fósil en 2006 a un 86 % de generación verde en 2019. Ørsted se convirtió en el mayor desarrollador de eólica marina del mundo y en 2020 encabezó el índice de sostenibilidad corporativa de Corporate Knights.

Primero vendieron lo que eran; después construyeron lo que serían. El orden inverso —construir la nueva capacidad sin soltar la antigua— es el patrón más común y el que más programas de transformación entierra.

Y una advertencia que dejamos apuntada aquí y desarrollamos más abajo: esta historia tiene una segunda parte mucho menos edificante, y es precisamente esa segunda parte la que hace que el caso valga la pena.

La moda es un sector maduro y saturado en el que además compite, desde el mismo país, uno de los operadores más eficientes del planeta. En 2019 Mango ejecutó una reestructuración dura: cierre de alrededor de quinientas tiendas, reducción del número de colecciones y de referencias, y una decisión estratégica que en su momento pareció contraintuitiva —subir de gama en lugar de bajar precios para defender volumen.

Con la base simplificada, la compañía reconstruyó capacidades de diseño, canal propio y expansión internacional. La facturación de 2024 se situó en el entorno de los 3.300 millones de euros, máximo histórico. La secuencia es reconocible: no simplificaron para ser más pequeños, simplificaron para poder invertir donde importaba.

Simplificar sin criterio de valor destruye competencias que no se recuperan. La diferencia entre podar y amputar está en si existe una hipótesis explícita sobre qué capacidad se está protegiendo. Esta tabla es el filtro mínimo que conviene aplicar antes de cortar nada.

Se poda casi siempreSe protege casi siempre
Referencias y gamas con margen real negativo tras imputar coste de servirLa competencia técnica que sostiene la calidad del producto principal
Mercados geográficos donde no se es ni será relevanteLa relación directa con el cliente, aunque hoy no sea rentable
Capas de mando cuya única función es consolidar informaciónLos pocos perfiles que entienden el proceso de punta a punta
Proyectos en curso sin dueño, sin fecha o sin métrica de éxitoLa capacidad de fabricar o entregar sin depender de un tercero único
Comités de más de ocho personas que no deciden nadaEl conocimiento acumulado sobre por qué fracasó lo que ya se intentó

Con la organización concentrada y con holgura disponible, empieza la fase realmente transformadora. Y aquí la distinción crítica es entre proyecto y capacidad. Un proyecto termina. Una capacidad se queda. Casi todas las oficinas de transformación producen proyectos y luego se sorprenden de que la organización vuelva a su estado anterior en cuanto se disuelven.

Baden-Fuller y Stopford insisten en que la ventaja competitiva no se compra: se desarrolla, y casi siempre empieza con experimentos pequeños que generan evidencia antes de justificar inversión grande.

Situación. Mediados de la década de 2010. El mercado de guitarras llevaba años plano. La industria entera competía por el mismo cliente: el guitarrista aficionado adulto, casi siempre hombre, que ya sabe tocar y quiere un instrumento mejor. Andy Mooney, que venía de Nike y de Disney, llegó a la dirección general de Fender en 2015 y descubrió algo insólito para una marca de setenta años: la compañía no tenía datos propios de sus clientes finales, porque vendía a través de distribuidores.

Acción. Hicieron lo que la industria nunca se había molestado en hacer: investigación de consumidor de primera mano. Los resultados desmontaron la receta del sector de arriba abajo.

  • En torno al 45 % de las guitarras se vendían a personas que tocaban por primera vez. El cliente principal no era el experto: era el principiante.
  • Alrededor del 50 % de los compradores nuevos eran mujeres, en un sector cuya publicidad llevaba medio siglo dirigida casi en exclusiva a hombres.
  • Cerca del 90 % de quienes empezaban abandonaban durante el primer año. Y el 10 % que persistía gastaba de media en el entorno de 10.000 dólares en instrumentos y equipo a lo largo de su vida.

Ahí estaba el hallazgo. La palanca económica más grande de todo el sector no era fabricar una guitarra mejor. Era la tasa de abandono. Cada punto de principiantes que no tiraban la toalla valía más que cualquier innovación de producto, porque cada uno de ellos se convertía en un cliente de décadas.

La respuesta fue Fender Play, lanzado en 2017: una plataforma de aprendizaje por suscripción. Visto desde fuera parece diversificación. Visto desde el modelo Crescendo es otra cosa: la construcción de tres capacidades que la compañía no tenía —producto digital, relación directa con el usuario final y operación de suscripción— justificadas por una hipótesis medible.

Resultado. En marzo de 2020, con medio mundo confinado, Fender ofreció tres meses gratuitos de Fender Play esperando en torno a cien mil altas. En pocos meses rondaba el millón. Aquel ejercicio fue el mejor de la historia de la compañía, con una facturación por encima de los 700 millones de dólares. La suerte del confinamiento fue real; la capacidad para explotarla llevaba tres años construyéndose.

Cada peldaño financia y legitima el siguiente. El intento de saltar directamente al escalón superior —lanzar la marca premium antes de que el proceso sea fiable— es la causa más común de fracaso en la fase de construcción.

Fender no descubrió un producto nuevo. Descubrió que llevaba setenta años optimizando para el 10 % de sus clientes e ignorando por completo al 90 % que se marchaba.

Hilti. En un mercado de herramienta profesional que llevaba décadas compitiendo en precio por unidad, la compañía liechtensteiniana construyó un modelo de gestión de flota: el cliente no compra taladros, contrata disponibilidad de herramienta por una cuota mensual, con reparación, reposición y gestión del parque incluidas. Cambiar de venta de producto a venta de disponibilidad exigió capacidades de servicio, logística y financiación que no existían. Es una redefinición de las reglas del sector hecha desde dentro de un negocio maduro.

Leica. Merece mención precisamente por ser lo contrario del caso que todo el mundo cuenta. En la misma industria que se llevó por delante a Kodak, y con una situación financiera crítica a mediados de los 2000, Leica no intentó competir en la carrera de megapíxeles y precio. Reconstruyó su negocio alrededor de lo único que nadie podía copiarle —óptica, artesanía, un objeto de deseo con valor residual— y complementó ingresos licenciando su tecnología óptica a fabricantes de móviles. Su facturación alcanzó máximos históricos en el entorno de los 550 millones de euros en el ejercicio 2023-24. Misma disrupción tecnológica, resultado opuesto. Que es exactamente lo que sostiene el libro.

Aquí aparece la paradoja más elegante del libro. Primero simplificas. Después construyes capacidades. Y finalmente… vuelves a complicar el negocio. Los autores lo llaman re-complication, y es donde se separan las transformaciones que crean valor de las que sólo lo conservan.

La secuencia completa sería: complejidad heredada → simplificación → aprendizaje → capacidades nuevas → expansión → complejidad nueva. La diferencia entre la complejidad del principio y la del final no es de cantidad, sino de naturaleza: la primera era el sedimento de decisiones que nadie recuerda; la segunda es una elección sostenida por capacidades que la hacen gestionable.

Situación. En 2015, Games Workshop era una empresa británica de miniaturas de plomo y plástico para un juego de mesa de nicho. Facturaba en torno a 119 millones de libras, tenía una red de tiendas propias con problemas de rentabilidad y competía en una de las categorías más maduras y menos glamurosas que existen: el ocio analógico, en plena explosión del ocio digital.

Acción. Kevin Rountree asumió la dirección general en enero de 2015 y ejecutó las tres fases en el orden correcto, lo cual es lo verdaderamente raro del caso.

  • Simplificar: formato de tienda atendida por una sola persona, racionalización de gamas y una decisión explícita de concentrarse en el universo Warhammer en lugar de dispersarse en licencias ajenas.
  • Construir: canal directo propio, comunidad, producción concentrada y verticalizada en Nottingham —lo contrario de lo que recomendaba el manual de deslocalización— e inversión sostenida en la propiedad intelectual como activo, no como decorado del producto físico.
  • Apalancar: licencias de videojuego que se convirtieron en éxitos comerciales, un servicio propio de contenidos, expansión internacional del canal minorista y, en diciembre de 2024, un acuerdo con Amazon para llevar el universo Warhammer 40.000 a cine y televisión.

Resultado. En el ejercicio cerrado en 2024, la compañía facturó unos 526 millones de libras con un beneficio antes de impuestos de 203 millones: un margen del orden del 39 % en un negocio que el consenso habría clasificado como maduro y estructuralmente pequeño. En diciembre de 2024 entró en el FTSE 100.

La empresa de 2024 es mucho más compleja que la de 2015: más canales, más licencias, más geografías. Pero esa complejidad descansa sobre capacidades que en 2015 no existían. Eso es re-complicación deliberada.
Complejidad heredadaComplejidad deliberada
Nadie recuerda quién decidió que existieraTiene un dueño, una fecha y una hipótesis económica
Se sostiene sobre excepciones y trabajo manualSe sostiene sobre procesos y sistemas que ya funcionan
Su coste está repartido y es invisibleSu coste está medido y se compara con su retorno
Aumenta el tiempo de decisiónAumenta el alcance sin aumentar el tiempo de decisión
Se defiende con argumentos históricosSe revisa cada ciclo y se puede revertir

Otra aportación importante del libro es el cuestionamiento sistemático de disyuntivas que cada sector considera leyes físicas: calidad o coste, flexibilidad o eficiencia, servicio o productividad, diferenciación o precio, empleados o accionistas.

Las empresas que se rejuvenecen descubren con frecuencia que esas disyuntivas eran convenciones. La cadena es conocida desde el pensamiento Lean: mejor proceso → menos errores → menos retrabajo → menos coste y más calidad y menos tiempo. En 1992 esto chocaba de frente con la ortodoxia estratégica dominante. Hoy parece evidente y se sigue incumpliendo cada trimestre.

Cuando calidad y coste se tratan como extremos de una balanza, cada decisión es una renuncia. Cuando se tratan como consecuencias del mismo proceso, dejan de competir entre sí.

Boeing es, en mi lectura, el caso contemporáneo más caro de una empresa que decidió que calidad y coste eran un dilema real y eligió el coste. La interpretación que sigue es mía; los hechos son públicos.

Tras la fusión con McDonnell Douglas en 1997, la lógica financiera fue ganando terreno a la lógica de ingeniería. La sede se trasladó a Chicago en 2001, deliberadamente lejos de las plantas. El 787 se subcontrató en una proporción sin precedentes —en torno al 70 % de la estructura— con el argumento de trasladar riesgo y capital a los proveedores. Entre 2013 y 2019 la compañía dedicó del orden de 43.000 millones de dólares a recompra de acciones. Cada una de esas decisiones, aislada, tenía una justificación financiera impecable.

La factura llegó junta. Los dos accidentes del 737 MAX y su parada mundial. El desprendimiento de un tapón de puerta en pleno vuelo en enero de 2024. Un límite regulatorio de producción impuesto por la FAA en 38 aparatos al mes. Una huelga de unos 33.000 trabajadores durante siete semanas en otoño de 2024. Una pérdida neta en el entorno de los 11.800 millones de dólares en ese ejercicio y una ampliación de capital de alrededor de 24.000 millones para sostener el balance.

Boeing no hizo nada ilegal ni evidentemente estúpido en el momento de decidirlo. Hizo, durante dos décadas, un turnaround permanente en lugar de un rejuvenecimiento. Optimizó lo que ya sabía medir y desmanteló, sin querer, la capacidad que hacía posible el negocio.

Falso dilemaCómo lo resuelve quien se rejuvenece
Calidad o costeEliminando el retrabajo, que es donde vive la mayor parte del coste invisible
Flexibilidad o eficienciaReduciendo el tiempo de cambio, no el número de variantes
Servicio o productividadQuitando del proceso las causas de contacto, en vez de acelerar la respuesta
Velocidad o fiabilidadSolapando fases con equipos mixtos en vez de encadenarlas y relanzarlas
Corto o largo plazoFinanciando la capacidad futura con la holgura que libera la simplificación

Aquí vuelve Ørsted, y por eso lo elegí. Porque la historia bonita termina en 2020 y la historia útil sigue después.

A partir de 2021, con tipos de interés al alza, inflación en la cadena de suministro y una expansión agresiva en Estados Unidos, el modelo empezó a crujir. En el tercer trimestre de 2023 la compañía registró deterioros del orden de 28.400 millones de coronas y canceló dos grandes proyectos en Nueva Jersey. En 2025 tuvo que afrontar una ampliación de capital masiva, en el entorno de los 60.000 millones de coronas, además de un cambio en la dirección general y de un episodio de paralización administrativa de un parque en construcción en Estados Unidos. La acción llegó a caer alrededor de un 80 % desde sus máximos de principios de 2021.

La lectura desde el modelo es limpia y bastante dura: Ørsted hizo bien las fases 1, 2 y 3, y se rompió en la 4. La fase de apalancamiento tiene un riesgo propio que los autores nombran pero tratan de pasada: la sobreextensión. Las capacidades eran reales. La hipótesis de que esas capacidades escalarían a cualquier mercado, con cualquier marco regulatorio y a cualquier coste de capital, no lo era.

Una empresa rejuvenecida no es la que ha terminado su transformación. Es la que ha desarrollado la capacidad de volver a hacerla. Y eso incluye admitir que la última vez se pasó de frenada.

  1. Exceso de protagonismo del consejero delegado. El relato concede mucho peso al líder transformador. Hoy sabemos que la transformación depende bastante más de los sistemas, los incentivos, las redes informales, los mandos intermedios y la gobernanza. Si el proceso depende de una persona, no es un proceso.
  2. Sesgo de supervivencia. El estudio se construye sobre empresas que consiguieron rejuvenecerse. Reconstruir una escalera estratégica es mucho más fácil sabiendo quién llegó arriba. Las compañías que hicieron experimentos parecidos y fracasaron no aparecen en ningún libro de management.
  3. Infravaloración de las restricciones estructurales. «La madurez es un estado mental» es una frase estupenda y demasiado absoluta. Hay sectores genuinamente condenados por sustitución tecnológica, regulación, demografía o efectos de red. La imaginación empresarial ayuda bastante, pero todavía no ha rejuvenecido el negocio del fax.
  4. La escala temporal. Los procesos que describe el libro se desplegaban en horizontes de cinco a diez años. Hoy ese plazo es un riesgo existencial: las fases se solapan, aunque el orden lógico entre ellas se mantenga.
  5. La naturaleza física de la complejidad. En 1992 simplificar era cerrar plantas, podar referencias y quitar niveles de organigrama. Hoy el sedimento principal de una empresa madura es su parque de sistemas heredados y la desconexión entre sus bases de datos. Simplificar, en 2026, es sobre todo arquitectura.

Conviene tener un filtro honesto, porque aplicar el modelo Crescendo a un negocio realmente muerto es una manera cara de retrasar lo inevitable. Si se cumplen tres o más de estas condiciones, el problema probablemente no está en la organización.

SeñalQué indica
Existe un sustituto que hace lo mismo a una décima parte del coste marginalSustitución tecnológica; el problema no es de eficiencia
La demanda cae por razones demográficas o regulatorias, no de precioDestrucción de demanda; el mercado se va, no se enfada
El valor se ha desplazado a una plataforma con efectos de redSu margen ahora lo fija un tercero que no es cliente ni proveedor
Los mejores del sector también pierden dineroAquí sí manda la estructura de la industria
Su producto sólo se compra por inercia contractual o normativaTiene ingresos, no negocio
Cada punto de cuota adicional exige más capital que el que devuelveCrecer destruye valor; no hay escalera que subir

En esos casos la respuesta correcta no es rejuvenecer, es reasignar: cosechar el negocio de forma ordenada y trasladar el capital y el talento a otro sitio. Es una decisión legítima y muy poco frecuente, porque exige admitir en voz alta algo que casi nadie quiere firmar.

En agosto de 2025 se publicó un estudio de un equipo del MIT sobre adopción de IA generativa en empresa que dejó un titular incómodo: alrededor del 95 % de los pilotos corporativos de IA generativa no producían ningún retorno medible en la cuenta de resultados. El dato circuló mucho, se discutió su metodología y se matizó su alcance. Pero incluso corrigiendo a la baja, ninguna lectura razonable lo deja en un porcentaje cómodo.

La explicación habitual apunta a la tecnología o a la falta de talento. El modelo Crescendo ofrece otra bastante más incómoda: casi todos los programas de IA son iniciativas de fase 3 lanzadas en organizaciones que no han hecho la fase 1 ni la fase 2.

  • Sin galvanizar: nadie ha formulado qué problema resuelve la IA en esa empresa concreta. Se ha formulado la solución («tenemos que hacer algo con IA») y se busca un problema que la justifique. Es literalmente el error que Stopford describe en la fase 1.
  • Sin simplificar: el proceso que se va a automatizar tiene catorce excepciones no documentadas, el dato que necesita el modelo tiene cinco definiciones distintas según el sistema del que se saque, y el equipo que lo va a usar está a tres capas de distancia de quien decidió el proyecto.

Bill Gates lo formuló hace treinta años con una precisión que no ha envejecido: la automatización aplicada a una operación eficiente amplifica la eficiencia; aplicada a una operación ineficiente, amplifica la ineficiencia. La IA generativa no ha derogado esa regla. La ha acelerado y, de paso, le ha dado a la ineficiencia una redacción impecable.

La escalera estratégica aplicada a la IA. La mayoría de las organizaciones intenta empezar por el tercer peldaño, en procesos que no han rediseñado, con datos que no tienen una definición única.

Hay un riesgo específico que merece un párrafo propio, porque conecta directamente con la idea más profunda del libro. Si la estructura decide lo que la empresa es capaz de ver, un sistema de IA entrenado sobre los informes históricos de esa empresa confirmará su modelo del mundo con más confianza y mejor prosa que cualquier directivo.

La esclerosis organizativa acaba de conseguir un portavoz elocuente, disponible veinticuatro horas al día y con una capacidad ilimitada de generar justificaciones coherentes. Es un problema nuevo que el libro no podía anticipar y que encaja perfectamente en su diagnóstico.

El ejemplo más honesto que conozco es Klarna. En febrero de 2024 la compañía anunció que su asistente de IA gestionaba dos tercios de las conversaciones de atención al cliente, equivalente al trabajo de unos setecientos agentes. Fue el titular perfecto sobre la ruptura del dilema entre coste y capacidad de servicio.

En mayo de 2025, su consejero delegado reconoció públicamente que se habían pasado: la calidad del servicio se había deteriorado y volvían a incorporar personas para determinadas conversaciones. Rompieron un falso dilema —coste contra volumen— y crearon uno real —coste contra calidad— porque escalaron antes de haber medido la segunda variable.

Es, otra vez, un problema de fase. No de tecnología.

FaseQué significa en un programa de IASeñal de que no la ha hecho
GalvanizarAcordar qué problema económico concreto se va a atacar y cuánto vale resolverloEl objetivo del programa se enuncia en tecnología, no en negocio
SimplificarRediseñar el proceso y unificar la definición del dato antes de automatizar nadaNadie sabe decir cuál es la versión buena de la cifra de ventas
ConstruirTres experimentos acotados, con línea base medida y criterio de paradaCuarenta pruebas de concepto sin línea base y ninguna en producción
ApalancarEscalar sólo lo validado, con dueño, límites de actuación y auditoríaSe despliega a toda la compañía porque la demo gustó al comité

La conclusión práctica es contraintuitiva y bastante impopular: si su empresa arrastra esclerosis organizativa, el mejor programa de IA posible empieza por seis meses sin IA. Rediseñar dos procesos, unificar las definiciones de una docena de indicadores y montar un equipo transversal con responsabilidad sobre un flujo completo. Después, la tecnología rinde. Antes, sólo genera pilotos.

La inteligencia artificial no rejuvenece una empresa madura. Amplifica lo que esa empresa ya es. Si su organización aprende despacio, la IA le permitirá equivocarse más deprisa y con mejor redacción.

Todo lo anterior es inútil sin una manera de empezar el lunes. Este es el recorrido mínimo, pensado para una empresa mediana y sin presupuesto de consultoría.

La prueba del algodón del plan: si en la semana nueve no ha cancelado nada, no ha simplificado. Ha añadido un proyecto más a una cartera que ya estaba saturada.
  1. Auditoría de supuestos. Reúna al comité y escriba las diez creencias sobre las que se toman las decisiones en su empresa («el cliente compra por precio», «no se puede fabricar aquí», «el margen de este segmento es el que es»). Junto a cada una, la evidencia que la sostiene. Va a encontrar tres o cuatro sin ninguna.
  2. Diez entrevistas a clientes perdidos. No encuestas de satisfacción: clientes que se fueron. Es el dato que su sistema de información nunca le va a dar.
  3. Margen real por cliente y por producto imputando coste de servir. En la mayoría de las empresas medianas, entre el 20 % y el 30 % de la cartera destruye margen y nadie lo sabe.
  4. Una frase. El problema de la compañía, escrito en una línea, firmado por todo el comité.
  1. Inventario de proyectos abiertos con dueño, fecha y métrica. Los que no tengan las tres cosas se cancelan. No se aplazan: se cancelan.
  2. Poda de portafolio según el análisis de margen real. Empiece por el 5 % que más destruye.
  3. Una capa de mando menos entre la dirección general y el punto donde se hace el trabajo, si hay más de cuatro.
  4. Diccionario de indicadores: una sola definición, un solo dueño y una sola fuente por cada métrica del comité. Suena administrativo. Es la condición previa de todo lo demás, incluida cualquier cosa que quiera hacer con IA.
  1. Un equipo transversal por flujo de valor, con responsabilidad de punta a punta y no por función.
  2. Tres experimentos pequeños, cada uno con línea base medida, hipótesis escrita, plazo de ocho semanas y criterio explícito de parada.
  3. Una incorporación externa con la capacidad que la empresa no tiene y no puede desarrollar en un año. Una, no un departamento.
  4. Una cadencia de revisión fija —semanal, mismo día, mismo formato, sin delegados— donde el estado se expone sin debate y los problemas se resuelven en una sesión aparte con los implicados.
  • Empezar por la cultura. Sin datos incómodos ni cancelaciones reales, un programa de valores es decoración.
  • Simplificar y quedarse ahí. Es el final feliz más frecuente y el más engañoso: una empresa más barata y con las mismas incapacidades.
  • Escalar el primer experimento que sale bien. Un resultado positivo sin línea base no es evidencia, es una anécdota con presupuesto.
  • Dar por terminada la transformación. Es la lección de Ørsted. El día que se declara el éxito, empieza la siguiente esclerosis.

Baden-Fuller y Stopford escribieron en 1992 un libro sobre empresas industriales británicas que hoy se lee como un manual de transformación contemporánea con la terminología cambiada. Rejuvenation es transformación continua. Learning organisation es exactamente lo mismo. Experimentation es Lean Startup. Strategic staircase es estrategia iterativa. New capabilities son capacidades dinámicas. Crescendo es probar, aprender y escalar.

Pero el mayor mérito del libro no es haber anticipado el vocabulario. Es haber entendido, tres décadas antes de que se pusiera de moda, que la transformación no es un proyecto: es una capacidad organizativa. Una empresa rejuvenecida no es la que ha terminado un programa. Es la que ha desarrollado el hábito de detectar, cuestionar, experimentar, aprender, cambiar y escalar de forma continua.

Si tiene que quedarse con tres frases de todo el artículo, que sean estas:

  • La rentabilidad de su sector no determina la suya. La dispersión dentro de cualquier industria madura es enorme, y la explica mucho más lo que hace cada empresa que dónde compite.
  • El orden importa más que las medidas. Galvanizar, simplificar, construir, apalancar. Casi todo el mundo empieza por la tercera y se pregunta por qué no pasa nada.
  • Simplificar no es el destino. Es la fase transitoria que libera los recursos con los que se construye lo siguiente. Quien la confunde con la meta acaba dirigiendo una versión más pequeña del mismo problema.

Y si va a hacer una sola cosa de todo este artículo, haga esta: reúna a su comité y escriban, cada uno por separado y en una sola frase, cuál es el problema principal de la compañía. Después comparen. La distancia entre esas frases es la medida exacta de cuánta fase 1 le queda por hacer, y es gratis averiguarlo.


En Transformalix acompañamos a empresas maduras en las fases que casi nadie quiere hacer: poner encima de la mesa los datos que el sistema no produce, simplificar de verdad el portafolio y los procesos, y construir capacidades antes de comprar tecnología. Si en tu compañía la sensación es que se trabaja muchísimo y se cambia poco, hablemos.

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